No tener dinero me ha impedido tomar un montón de malas decisiones. Véase por ejemplo, comprar una casa en el campo, concretamente en un pueblo del que no soy y en el que no conozco a nadie. Centro de salud y supermercados a 20 minutos en coche. Un planazo. Hipotecarme con la idea de que la fibra óptica ya llega bien a aquellas montañas, porque a nuestros políticos se les llena la boca con aquello de la transformación digital. La promesa de que todos los días después de trabajar me pondré con el huerto o, qué digo, hacer de eso mi trabajo. Aprender a base de vídeos de Youtube, o peor, de TikTok, a plantar papas y aguacates. Porque no se necesita nada más para una alimentación saludable, seguro que alguna influencer de aquellos lares avala esta idea.
Y huevos claro, a ver qué hacemos con las proteínas. También tendré gallinas que me despertarán al alba. No más alarmas en el móvil con su tintineante soniquete de música dance atenuada.
Un sueño sobre una España vacía amable con millenials que no saben distinguir el boniato de la papa. Yo me lo creí, lo admito. Devoré varios libros sobre ello y sigo pensando que es una gran idea, pese a cualquier prescripción de absolutamente todos los que me conocen.
Al principio la idea pasaba por Galicia. Supongo que pasar tantos veranos enamorada en aquel conjunto de piedras a orillas del río hacía que aquel pueblo pareciera la tierra prometida. Después ya vino Gran Canaria, el lugar donde nací, que lejos de estar vacía, está francamente llena de gente en las poblaciones de donde quiero huir y de pinos con suelo no urbanizable allí donde querría asentarme.
Si hubiera tenido dinero para la entrada, ya estaría rogando en las puertas de los bancos por una hipoteca. Como no es así, pierdo mi tiempo libre en las aplicaciones de portales inmobiliarios como cualquiera lo hace viendo stories de Instagram. A diario, con anhelo, y un poco de desesperación. A esto lo han venido a llamar «porno inmobiliario». Así que me declaro adicta al porno, a este, quién me lo iba a decir.
Francamente, no es la única mala decisión de la que me ha librado la pobreza. También me pasó con cada una de las empresas que pensé en montar. En todas las ocasiones, la idea quedó en eso, anotaciones en un papel, algún plan de negocio planteado en una hoja de cálculo y varios emails con alguna consulta previa. Eso con todas, excepto con una. Para poder pagar el impuesto de sociedades de esa excepción me tuve que ir a otro país. No estuvo tan mal. De allí me llevé un puñado de euros y nivel de inglés de camarera de discoteca. «Idiomas, querida». Y de la deriva de la empresa mejor no hablemos.
Total, que todo aquello me ha dejado un remanente intracraneal que siempre he venido a llamar «complejo de pobre», aunque llegados a este punto, no soy ni más ni menos que cualquier soltera de clase media sin hijos, en la treintena y que entró en el mundo laboral tarde por la crisis de 2008. En cualquier caso, este complejo me hace aún a día de hoy renunciar a comprarme aquella chaqueta tan moderna que tendré el coraje de ponerme solo una vez al año, un vestido demasiado atrevido o el curso definitivo y carísimo para poder llegar a donde quiero en mi carrera laboral. Ahora que tengo el dinero, no tengo las ganas. Es como si poco o nada mereciera la pena en esta burbuja macroeconómica global. Y a veces pienso que quizás nos iría un poco mejor si se nos quitaran las ganas más a menudo.
Cuando razonaba todo esto el otro día me percaté que en todas las malas decisiones que no tomé ni tomo, hay algo que siempre ha estado alimentando mi cabeza. Aquellas ideas nacieron de la curiosidad. Y es curioso lo pronto que aprendemos a preguntar «por qué». Nacemos, aprendemos a hablar, y las preguntas se nos instalan en la boca. Pero lo perdemos, poco a poco, aprendemos que es más fácil ir por la vida sin lupa. Tanto afán de Sherlock Holmes para acabar descubriendo el mundo a través de lo que nos recomienda un algoritmo en lugar de salir a buscarlo.
Así que, después de tantos años, me gusta cuando me surge de la cabeza un burbujeante «por qué» que acaba desembocando en un «y si…». Y si compro una casa en el campo, y si dejo el trabajo, y si monto una empresa, y si dejo a mi pareja, y si quiero ser madre, y si me voy de aquí.
Llegados a este punto, ya puedo confesar que mi plan de vida pasa por ganar la lotería. Pero mientras tanto, el reto es no perder la curiosidad, aunque seamos pobres para intentarlo.
