Después de tanto Netflix, HBO y demás plataformas, creo que puedo asegurar que The Office es mi serie favorita. La suelo ver una vez al año, tal vez no entera, pero sí alguna temporada suelta. De hecho, sin ningún motivo aparente, la he vuelto a ver siempre con mis parejas, supongo que por ser un as en la manga del entretenimiento y remedio universal para el tedio diario del sofá a la hora de la cena.
Más allá de los desternillantes Dwight Schrute y Michael Scott, lo que en realidad me cautiva de la serie es el trasfondo de las relaciones, sobre todo las amorosas. Cómo iba a ser de otra manera siendo yo tan estúpidamente romántica hasta para la risa. Supongo también que por eso me gustaba verla con mis novios, tras su negativa obvia ante la posibilidad de poner Dirty dancing y otras lindezas del estilo en bucle. Así que por el aro de The Office siempre he podido colar mi dosis de amor televisiva sin miedo a la censura.
Una de las últimas veces que vi la serie completa fue con aquel. Durante las 9 temporadas me iba dando cuenta de cómo él también se enamoraba de aquellas historias.
Cuando veíamos The Office, siempre me sentía un poco Pam y él, un poco Jim. La ternura revolucionaria de los amores que se cuecen a fuego lento es mágica y envolvente. ¿Quién no querría tener una historia así? Amores que pasan baches, que son imposibles hasta que dejan de serlo, que son largos y confiables, que son garantía de varios hijos y una casa en propiedad y, sobre todo, que nacieron de un lugar común, el humor. Porque ya se sabe que si tu pareja no te hace reír, es mejor que hagas las maletas y te vayas a otra parte. Muchos hablan ahora de las banderas rojas (conocidas como red flags por los catetos que ya no conciben hablar sin usar un anglicismo), pues esa es la mía y creo que debería ser la primera para cualquiera. Luego ya podemos pasar a considerar los problemas con mamá, los amigos insoportables y las nuevas masculinidades mal entendidas.
Pues eso, el humor, que en mi caso siempre aflora con la confianza, nunca antes. Es justo admitir que entre nosotros estuvo presente desde el principio hasta el final, sin embargo, durante la relación me di cuenta de que estábamos descompensados. Él era un habitual de las imitaciones de chistes de «La que se avecina». Eso sí que era una bandera roja, enorme, ondeante y hasta con sirena incorporada. Yo tiraba de ocurrencias sobre lo que fuera que estuviéramos hablando, pero tenía por costumbre negarse a la carcajada. Por ahí podrías pensar que eran unos chistes malísimos. Yo también lo pensaba, pero solo hasta que le escuchaba reproducirlos cuando estábamos con amigos, y por supuesto, sin citar la fuente. Supongo que abusaba del exceso de timidez y prudencia que despliego al estar en grupos grandes, que para mí quiere decir cuando estoy con más de tres personas.
Volviendo a la serie, cualquiera percibiría a Jim como el gracioso encantador al que aspirar. Si no lo conoces, imagínate a un chico guapo, alto, ocurrente y enamorado hasta las trancas de la humilde y tímida secretaria. Un caramelito. Pero a mí, la verdad es que siempre me ha gustado más mirar a Pam y su particular forma de habitar en aquella oficina, con un humor infinitamente más ocurrente y menos obvio que el otro. Puede parecer un ejercicio de identificación con el personaje, pero no, reconozco todo lo que me separa de ser como ella, y estoy conforme.
Luego estaba Ryan, de este reconocerás alguno en tu oficina, porque siempre tiene que haber al menos uno debido a leyes de paridad no escritas sobre la estupidez. Un egoísta con estudios e ínfulas por el éxito que cree merecer y no logra. Amante de Kelly, a la que desprecia sin parar de formas más o menos obvias, sobre todo en público. Más de las que podemos admitir hemos pasado por ahí. Vaivenes a nivel laboral y amoroso, la ruina y la deriva, para al final (alerta spoiler), acabar escapando en un coche con Kelly durante la boda de Dwight cuando ella ya había logrado rehacer su vida ligándose a un médico hindú arrebatadoramente guapo. Muchas también hemos pasado por ahí.
El otro día volví a ver este final de la serie y me acordé de aquel. Me regodeé en la idea de que él siempre se identificaba con Jim, pero resultó que, en realidad, era un poco Ryan, aunque no creo que se haya llegado a dar cuenta a estas alturas. Porque da igual lo alto, desgarbado y encantador que fuera. En realidad, nunca importa lo altos, desgarbados y encantadores que sean.
Me alegró reconstruir el último recuerdo que tenía de haber visto The Office. Esta vez sola, en casa, mi casa, pensando en todos los tipos a priori buenos, como Jim, que pasaron por mi vida pero que no se quedaron, precisamente porque la mayoría resultaron ser como Ryan. Pequeños, lánguidos y poco memorables («that’s what she said»).
