Hace años desarrollé una teoría básica sobre el amor. Era sencilla, o más bien facilona, física y ordinaria, pero me valía. Valga decir, pese a todo lo que viene a continuación, que nunca he creído en señales, el destino, la energía, ni ningún tipo de justificación de causalidad para cualquier evento de la vida. Las cosas pasan y el amor también, es innegociable y fortuito. Este pragmatismo da más poder a tus propias decisiones para bien o para mal, y eso es lo mejor que tiene.
Para añadir contexto, como en cualquier teoría, debo empezar diciendo que tengo una propensión superior a la habitual a tener infecciones de orina. Todos tenemos tendencia a sufrir por algo, para unos son las amígdalas, para otros las alergias y a mí me tocó eso.
La primera, cuando era muy pequeña, por asentar mis infantiles posaderas en el baño del colegio. Una para saber y otra para aprender, como se suele decir. Y después, ya vinieron las de la edad adulta, con las primeras relaciones sexuales y todas las que se sucedieron. Desde entonces, cuando me ocurre, siempre digo que es porque lo pasé bien, como si de alguna forma lo mereciera. Entonces me imagino a una voz en off en la soporífera película de mi vida diciendo: “Fue un buen polvo, así que te condeno a unos días de dolor y ganas de mear infinitas, para que aprendas que no todo puede ser divertido”. La cara y la cruz del placer, aunque no siempre fuera para tanto.
A medida pasaban los años e iba concatenando una infección tras otra, conocía nuevas urgencias de hospitales y me hacía pruebas en el urólogo, no podía evitar pensar que yo ya tenía taras suficientes. Ya me costaba todo, me costaba aprender a vincularme en el punto justo y no más allá, me costaban algunas posturas, me incomodaban algunas peticiones, me horrorizaba decir que no a algunas personas. No necesitaba más añadidos a la historia sexual de mi vida, la verdad.
Y entonces, después de vivir algunos años intrépidos, llegó aquel, y de repente, ya no tuve que volver a tomar antibióticos. Estuve 7 años limpia y libre de infecciones. ¿Quién no tomaría aquello como una señal? Pese a que vivía con una frecuencia sexual decadente, e infinitamente menor en cantidad y calidad que cuando estaba soltera, no podía evitar pensar que cuando te quieren no te infectas de eso, sino de otra cosa, quizás de amor, quizás de miedos. Imaginé entonces a un cuerpo sabio que llevaba años rechazando las bacterias de los penes poco convenientes que se adentraban en mí. Una alerta física contundente que no podías obviar, no como las de la cabeza, no digamos ya las del corazón. Y ahí se escribió mi teoría del amor facilona. Sin fisuras. Empírica. Lo más parecido a la ciencia que rozaré jamás.
Aquella historia acabó, como lo hacen todas, pero nos quisimos mucho. Y pasó el tiempo, hasta que volví a encontrar unos ojos que me miraban de igual manera. Porque a mí no me desean, a mí me quieren, aunque confieso que aún me quitaría un cuarto de amor por ser observada con un poco más de lujuria por la calle. Pero por mucho que lo desee, esa no soy yo.
Pues bien, el otro día al fin nos inauguramos en el plano físico. Una sesión bastante normalita, como todas las primeras veces, pero con altas dosis de cariño, que últimamente es lo único que demando. Se despidió a la mañana siguiente con alguna promesa. Así que me preparé para recibir mi castigo. Cada vez que iba al baño a hacer pis buscaba un dolor incipiente, un olor, la falta de sensación de alivio.
Y pasaron los días, y siguieron pasando. Pero la infección no aparecía. Limpia, otra vez, con otra persona que me mira con amor. Qué raro. ¿Es él entonces? Le preguntaba a mi cuerpo. ¿Es él el próximo con el que me iré a vivir, con el que hablaré de boda e hijos? ¿Es él la persona que prometerá no irse jamás justo antes de irse para siempre? Y entonces me puse a pensar, habían algunas cosas en común con el otro. Un metro noventa de altura, ingeniero, listo (este bastante más), optimista, y, una cosa más… un pene por debajo de la media, algo que sea dicho de paso, nunca me importó.
Así que era eso.
Aquel no se quedó, este no lo hará tampoco. Pero esto revelaba la evidencia de que mi cuerpo no es sabio, es sólo que las bacterias no llegan tan lejos por otros motivos. No era amor, era la distancia que tenían que recorrer para juntarse con las mías, una buena metáfora sin duda, que destrozó mi teoría para siempre.
