La iglesia de María Auxiliadora estaba abierta por la tarde. Abierta pero vacía, como tanta gente. Dos señoras hablaban en la puerta:
– “¿Y no hay nadie?”
– “No, nadie”
– “¿No era a las 19:30?”
– “ Si no hay nadie, no hay nadie”
– “¿Y de la nuestras?”
– “No. Si no hay nadie, no hay nadie”
Nadie, pero allí estaban ellas, fieles socias del club de misa de los miércoles por la tarde, quién sabe si también de los domingos.
Este miércoles también estaba vacía la peluquería Castro. Con Pepe, tercera generación de una estirpe de peluqueros, sentado en su sillón de cuero marrón que casi ha visto más amaneceres que la catedral de Santa Ana. El dueño ofrece charla y corte por 10 euros, una buena oferta, pero con una condición, ir sin prisa. En sus cinco metros cuadrados de local pasa el día esperando que los suyos, que son los de siempre, se acerquen a pasar el rato mientras les recorta los cuatro pelos que sobrevivieron al armagedón de la edad. En realidad, Pepe está jubilado, pero le gusta estar allí. Todas las historias sobre él las conozco de la boca de mi padre y el resto las imagino al pasar cada día por su puerta. Siempre solo o en un mano a mano con el compadre que tenga sentado en la silla. No hay colas ni prisas. Ni falta que hace.
Este miércoles también me paré en la librería de Cebrián 50. Aproveché que vi a Pedro, el dueño, dentro del local a través de la ventana y toqué. Creo que no le apetecía recibir visita por lo que pude adivinar de su expresión taciturna y su morro torcido bajo el bigote. Ya me había dado su tarjeta de visita en otra ocasión, con la advertencia de que él abría cuando quería y que le llamara antes de pasar.
Una costumbre que aún me queda de Madrid es que cuando encuentro este tipo de librerías que bordean el síndrome de Diógenes siempre pregunto por alguna recomendación del librero. Al principio Pedro se mantenía distante y parco en palabras, como si en realidad, no quisiera venderme ningún ejemplar. Así que empecé a aturullarle a preguntas que él contestaba a veces sí y a veces no. Acabé llevándome un libro de un autor canario que me dijo que era muy leído en la cárcel. Jamás me habían recomendado algo de esa manera. “Lo usan para evadirse y les engancha enseguida”. Si les funciona a ellos, cómo no me va a funcionar a mí, pensé. También me recomendó un libro sobre los hippies que estuvieron en el Parque Santa Catalina, la historia de un vasco y algunas postales antiguas. Después de tanto rato compartiendo el asfixiante espacio creo que se alegró de que hubiera decidido pasar a visitarle. Hablamos de Fernando Savater y su despido de El País, de biografías, de Jiménez Losantos…
Y cuando salí de allí, con suficiente peso en libros como para replantearme lo de ir a hacer la compra, me gustó la idea de tener un negocio sólo para pasar el rato. Dejar atrás estrategias de marketing y redes sociales, desechar lo aprendido en el MBA, no tener la obligación de sonreír si entra alguien, no ser solícito ni servil, ni aspirar a nada más que a estar allí, a pie de calle, esperando para charlar con quien se acerque si me apetece. Hoy me parece la mejor manera de invertir el dinero, mañana cuando venga la factura de la luz ya te diré otra cosa.
