Hace unos meses me hice una cuenta de Instagram con la misma intención con que lo hacen todos, que me vean, ganar seguidores, y, algo aún más complicado, que me lean. Sin embargo, desde que la abrí no he hecho nada con ella, apenas cinco publicaciones y un par de stories resumen el fracaso de mi voluntad y la absoluta pereza que me da cualquier cosa que tenga que ver con la más que sobada “marca personal”.
Mientras tanto, mis textos no paran de crecer para mí misma al menos, que ya con gustarme yo tengo suficiente, y se van acumulando en la memoria de mi ordenador esperando a que saque coraje.
Desde que tengo Instagram he empezado a seguir a autores, revistas, cuentas sobre libros y demás aliños de lectura para sumar más distracciones a mi día a día. Y me doy cuenta, de que el pecado de esa red social es la osadía. Hay tanta falta de talento como exceso de ambición. Frases facilonas, poesías obvias, fotos a párrafos de los libros de moda, en fin. Mientras no sea una imagen de cualquiera leyendo en un butacón de cuero marrón ya me consuelo.
Pensaba en por qué me molestaba tanto ver este tipo de publicaciones absolutamente aberrantes según mi propio criterio y que a tantos les parecen de un ingenio sublime. Supongo que simplemente es porque yo no soy capaz de atreverme. Pero los que encuentro por allí no tienen demasiadas reservas pese a la obvia falta de talento. Confieso que me da miedo que alguien piense lo mismo de mí.
Antes de Instagram, al menos el que yo profeso, ya estaban los grafitis. Frases pintadas con aquella tinta indeleble y grotesca, y tipografía inenarrable en la mayoría de los casos que me acompañan en los paseos y marcan los puntos de avituallamiento de mis caminos diarios. Al menos estos no están firmados, aunque pienso que alguien debería responsabilizarse de tanto catetismo. Y están ahí, para que todo el mundo los vea, aunque con suerte, todos pasan con la cabeza gacha mientras miran sus móviles.
Hace poco me mudé a una pequeña calle que da a Paseo de Chil y he descubierto con profunda vergüenza a los iletrados poetas de mis nuevos paseos. El primero, en toda la cara, justo cuando salgo de mi casa: “Los pájaros no buelan, son llevados por el viento”. Tengo que confesar que siempre me quedo parada frente al “buelan”, que me impide seguir leyendo el resto de la frase. Es como cuando alguien mete un “pero” en una oración y queda anulado todo lo anterior. BUELAN, con b y con mayúsculas, como mayúsculos deben ser los huevos morenos del que lo escribe, que lo presumo hombre por puro cliché sobre la brutalidad.

A apenas 20 metros se encuentra el siguiente: “Si callase el ruido quizá podríamos hablar”, porque se conoce que Paseo de Chil debe ser muy ruidosa, aunque yo más allá de alguna sirena de policía puntual y maullidos de gatas en celo no he escuchado mucho más. De hecho, me despierto con el sonido de los pájaros en plena ciudad, un lujo reservado para muy pocos y que es de todo menos ruido. Pero sí, hay que disfrutar del silencio y, en mi opinión, callarse un poco más y si cabe, escribir en los muros bastante menos.

El único que me gusta, por muy repetido que esté, lo encuentro a unos 300 metros de mi casa. Está hecho con pintura naranja y reza aquello de: “La ternura es revolucionaria”. Escrito en mayúsculas y sin faltas de ortografía, tal y como lo pienso. Lo sé, seguramente lo vendan enmarcado con tipografía suave sobre fondo blanco en Ikea, pero viendo la calidad literaria y gramatical del resto, este se me antoja francamente excepcional. Cuando paso por allí siempre se me detiene la cabeza y se queda rumiando esa frase tan manida. La ternura es revolucionaria, y añado, necesaria y gratuita. No me cuesta nada ser tierna con los que quiero, aunque no lo hagan conmigo. Si algo tuviera que salvar el mundo, supongo que sería eso. No sé si el amor, quizás acostumbrado a actos demasiado grandilocuentes para la ocasión. Pero la ternura aún puede salvarnos, ella sí fue creada para hacernos la vida más fácil, más bonita y soportable. La ternura es el algodón con betadine para las raspaduras de las rodillas. Voy a por el spray.
