En 33 años he vivido en 14 casas, 2 residencias de estudiantes, 4 ciudades, 2 países y más de 20 habitaciones. Haciendo cálculos, eso equivale a realizar una mudanza casi cada dos años desde que nací.
Se podría pensar que la mayor parte ocurrieron desde que salí de casa de mis padres. Pero no, mientras vivía bajo el techo de mi madre he cambiado de vivienda 8 veces. En una ocasión incluso repetí mudanza de vuelta al piso anterior del que hacía menos de un año que nos habíamos ido. Al menos esa vez, era en la calle de al lado. Porque mi madre hacía cosas así, irnos moviendo de una calle a la siguiente. Siempre supuse que debía tener en el árbol genealógico algún pariente lejano de Napoleón por sus ansias de conquistar el barrio.
Aquel día recuerdo estar cargando cajas de un lado al otro con el resto de mi familia. Hastiada y profundamente aburrida de caminar calle abajo, girar y tomar la primera a la izquierda y viceversa, le pregunté «Mamá, ¿tú crees que podríamos quedarnos en esta casa hasta que acabe la carrera?», «No te lo puedo prometer», me contestó. Una semana más tarde iba a empezar el último curso de la universidad. Y así fue, apenas unos meses después y con la graduación sin hacer volvimos a llevar esas cajas en sentido contrario hacia la casa anterior.
Tanta prisa se daba mi madre por cambiar el padrón municipal que mi hermana y yo somos hijas de calles diferentes. Dos embarazos, dos mudanzas, y no precisamente por problemas de espacio. Digamos que ella siempre estuvo buscando la casa perfecta. Ninguna era la definitiva y nos lo advertía cada vez que desembalábamos nuestras cosas. A cualquiera le podría sonar a amenaza y a un ataque certero contra nuestra motivación de dejar todo colocado lo antes posible, pero a mí no. Me parecía un regalo. Si esta no es la definitiva, es que vamos a ir a una mejor. Y esa se me antoja una manera sabia y energizante de vivir.
Desde que tengo uso de razón me encanta mudarme. Ríete de las tendencias del minimalismo actual. ¿Aprender a vivir con poco? Cambia de casa 14 veces y te prometo que el desapego te lo empiezan a regalar en la ferretería con la cinta de embalar. Entre tantos lugares he ido perdiendo todos mis juguetes de la infancia, gran parte de las redacciones del colegio, mis libros favoritos, los anuarios y las fotos. Y no, no hay nada que eche de menos. Ni una sola cosa era tan importante. Lo importante lo recuerdo, no necesito tocarlo. No preciso de la premonición que ocurre al hacerlo. No requiero de baúles ni trasteros. Todo ventajas.
Con los años, como digo, las mudanzas cada vez son más ligeras y siempre con la misma promesa que me hacía mi madre, que no será la definitiva, y eso me da esperanzas.
Decía que si hacemos números he cambiado de casa cada dos años. Pues hay algo más, lo que hacíamos cuando no nos estábamos mudando. Adicta a permutar, mi madre nos ofrecía mudanzas en miniatura para mantenernos entrenadas, que básicamente equivalían a cambiar de cuarto cada dos meses. Así que de todas las casas por las que he pasado, he vivido a su vez en todas sus habitaciones. Y ahora, como herencia incomprensible para cualquiera, continúo con su legado. Aunque viva sola, sé que cuando acabe la cuenta atrás del calendario, tengo que mover los muebles, cambiar la cama de cuarto, trasladar las estanterías a la pared contraria, mover los cuadros y continuar haciéndolo para no olvidar que nada es estático, que nada permanece igual para siempre. Que la vida no lo cambie, ya lo hago yo. Después de todo lo ocurrido, haberme forjado así da una sensación de control exquisita. Por eso precisamente sé que ella era sabia, aunque nadie lo entienda.
