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Flora y fauna de un gimnasio de Chamberí

por S. Díaz
24 de enero de 2024
Imagen de un gimnasio
Imagen de un gimnasio

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Estaba dispuesta a volver al gimnasio, así que aquella tarde me enfundé en unos leggins del Decathlon sin colores ni fantasía y una camiseta de alguna carrera popular. Alegre y motivada, pensando en el cambio de tendencia vital que aquello suponía, fui a despedirme de mi chico antes de salir, que me miró atónito de arriba a abajo.

“¡Qué ropa de deporte más bonita!”, comentó con su socarronería habitual.

“¿Cómo que bonita?”, contesté entre ofendida y orgullosa, pasando por alto el tono de broma. “Al gimnasio se va a hacer deporte, no a estar guapa.”

Craso error de principiante. Cierto es que con el carnet de mujer se le debió olvidar al funcionario de turno regalarme sentido de la estética, y entiendo que eso puede frustrar, sobre todo a mi chico, que querría que el resto viera lo que ven sus ojos al mirarme. Sin embargo, siempre me jacté de pensar que el envoltorio no era importante, y aunque francamente no lo es, confieso que secretamente a veces anhelo poder vestirme bonita como el resto.

La realidad es que crecí con muchísimos complejos físicos, como todas, que eso sí que viene implícito de forma irrevocable con el carnet de mujer, pero a pesar de eso, sentía que tenía un cuerpo normativo y definitivamente deseable. Y que quien quisiera verlo, que viniera conmigo a la playa, no a este gimnasio de Chamberí. Así que no me cambié y salí de casa decidida.

Cuando entré por aquel torno me di cuenta de que mi chico, dejando aparte la ironía, tenía un poco de razón. Recordé por qué me había dado de baja años atrás. Me vino de golpe un poco de vergüenza por estar con esa facha al ver la fauna allí congregada.

Lo primero que encuentras al pasar la entrada en la que nadie se molesta en recibirte ni mucho menos en saludarte, es la sala de musculación. Todos estamos obligados a pasar por allí para llegar a los vestuarios. De hecho, es algo así como el paseillo de la vergüenza, con todas las máquinas mirando hacia ti mientras entras a cambiarte. Y todas esas máquinas,  como buena sala de musculación, rezuman testosterona. Decenas de hombrecillos levantan pesados artilugios, ya sea pesas, barras o a sí mismos. Un esperpento de mallas, camisetas de tirantes en las que se ve el bíceps y el canalillo, y comentarios ridículos sobre cómo hacer la última serie. Un campo de nabos que siempre me imagino que miden la décima parte de su brazo, porque quién se esforzaría tanto si no… 

Yo los observo mientras corro en la cinta, que está justo encima de la sala de musculación, abierta casi en su totalidad. Les veo como se hablan, cómo se reúnen alrededor de alguna máquina fetiche, les oigo reír y les observo mientras se pavonean y, lo que es peor, mientras se miran al espejo. Es curioso lo de levantar pesas mirándose a uno mismo. Algunos se revisan con tanta intensidad y placer que parece que se estuvieran haciendo una paja. Estoy segura de que es la misma cara que ponen en la intimidad. Se miran a ellos mismos. Se encantan. Es la representación más fidedigna de la sociedad actual, tan ególatra e individualista. Se miran, aunque estén rodeados de gente. Se miran para asegurarse de ser atractivos, pero se les olvida para quién. Les pusieron espejos y se olvidaron de mirar a las mujeres que allí se reflejan, prefieren correrse con su propio reflejo, lo otro es demasiado complicado.

Y mientras los musculitos del gimnasio se pasean como si fueran los dueños de todo aquello, también hay hombres normales, mis preferidos. Mi raza favorita de entre ellos son los señores con tendencia a la calvicie, pelo cano, pantalones deportivos de los 70 y camiseta de la misma añada, absolutamente desgastada. Padres, abuelos, puede que amantes del deporte en sus tiempos mozos, que están allí más por recomendación profesional que por otra cosa. Puede que levanten menos peso que los petados pero estoy segura de que les ganarían en la pachanga del domingo, en una carrera popular o en cualquier otra destreza que requiera la vida. Son hombres en principio útiles y aparentemente entrañables, que saben su lugar en el mundo y no ostentan nada más allá. Y desde luego infinitamente más atractivos que los primeros.

Y para acabar con la ración de nabos, está el lobby gay, que no es muy abundante en este gimnasio pero que desde luego es un prodigio verlos, con esos cuerpos que parecen esculturas griegas. Delgados, con músculo medido y guapos a rabiar. Nada más que añadir, mi señoría.

La fauna se completa con el lado femenino, una de las razones que me hizo darme de baja en su momento. Lo hay, diría, de dos tipos. Uno, las chicas que van a las clases dirigidas, anhelando que aquello se refleje en sus fotos de instagram al añadir contraste. Zumba, pilates, body combat… 1 hora día sí día no y un poco de sentimiento de culpabilidad y agujetas cuando dejas de ir una semana. Estas son la mayoría.

Y luego están las otras, las que me hicieron salir de allí por patas. Top y mallas que realzan el culo y la cintura. Calcetines de marca (en serio, ¿quién se gasta dinero en calcetines?), peinado ligeramente despeinado a propósito y, para mí lo más irónico de todo, el maquillaje. Se maquillan para que los chicos que se pajean frente al espejo las miren. Ellas también se pavonean por la sala de musculación, comparten espacio con los musculitos. Y yo, mientras, miro desde mi cinta de correr en el piso de arriba todo aquel espectáculo de apareamiento que no ocurre por falta de match visual entre tanto ego. Y pienso que en lugar de poner la música electrónica habitual sería más apropiado poner la sintonía de aquel programa de Félix Rodríguez de la Fuente.

Pues bien, este tipo 2 de mujer está allí haciendo sentadillas, bebiendo agua, levantando pesas con la cadera, descansando y, haciendo algo que para mí es incomprensible, grabándose. Debe ser que como todos aquellos hombres sólo miran su propio reflejo en el espejo o el menú de mujeres que su feed le ofrece en el móvil, estas despampanantes chicas han optado por subir sus vídeos a las redes para conseguir algo de atención en forma de likes. Una lección básica de product placement.

De repente acabo de correr y paro la cinta, encharcada en sudor. Gotas y gotas que me caen del rostro de forma descontrolada. Me miro, estoy roja al nivel de una señal de stop. Miro a mi alrededor. Repaso las caras. Nadie suda. Pero, espera, ¡nadie está rojo y sudando! ¿Pero esto qué es? ¿Soy yo la rara? De repente pienso que tengo un problema congénito que me hace sudar cuando hago ejercicio y me da vergüenza estar allí. Me bajo a hacer mis ejercicios después de la carrera atravesando la sala de musculación hasta el tatami. Me sereno, y miro a mi alrededor mientras intento secarme la cara para disimular y evitar formar un charco a mi alrededor.

Aquí tiene que haber truco, me empiezo a fijar uno en uno en los que allí estaban. Y me doy cuenta de que nadie suda porque nadie hace nada. Levantan 2 veces una barra de mil kilos, descansan 1 minuto. Hacen 10 sentadillas, pasean alrededor resoplando como si aquello hubiera sido el mayor logro de sus vidas. 15 repeticiones en una máquina y un cuarto de hora esperando para repetir la serie. Así que no se suda, ¡claro que no se suda! Pero para tener semejantes pectorales tendrán que hacer algo, digo yo, así que sólo se me ocurren dos opciones: o están allí durante horas a ese ritmo, algo inviable para trabajadores a jornada completa, gente con hijos, los que tienen que cuidar a otras personas y una larga lista de gente que tiene otras cosas que hacer que no sea cincelar su cuerpo; o van a pavonearse y luego se matan a base de ejercicio en su casa. Creo que me divierte más imaginar la segunda.

Y por mucho que vaya al gimnasio, cada vez que veo toda esta flora y fauna, que imagino que es autóctona y que vive y se reproduce en cualquier punto similar de España siento mucha pena. Y pienso que, aunque no para todos, el gimnasio a veces es el hogar de aquellos que no tienen más que ofrecer que el cuerpo como patrimonio. Y por eso, cuando empiezo a vestirme bien para ir y me descubro gustándome al mirar mi propio ombligo en el espejo, sé que es el momento de volver a darme de baja hasta el próximo invierno.

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