Mi vida en Madrid podría resumirse en el recorrido de la línea 5 de metro. Cuando llegué me bajé en Ópera, luego paré en Ventas y finalmente y contra todo lo esperado, acabé en Urgel. Cualquiera podría decir que he ido a peor.
Ópera y mi calle preferida de Madrid, por la que he pasado miles de veces en 9 años tras conocerte. Pongamos que unas 200 para ir a verte y las 800 restantes para intentar encontrarte por casualidad. Bajarse a los infiernos nunca es una buena idea, pero si lo haces en días de frío al menos te sirve para calentarte un poco el corazón e inevitablemente la cabeza.
Ópera y las voces de las soprano que gritaban en alemán un entfliehen (“huye”), lástima no haber sido nunca muy buena en los idiomas. Ópera y su iglesia, su Palacio Real y sus Jardines de Sabatini, qué lugar mejor para enamorarse, pensaba, que paseando por aquí. Y siendo honesta, no estaba equivocada, enamorarme me enamoré, aunque solo fuera yo.
Luego vino Ventas y su feria de San Isidro. Desde allí oía los aplausos que se producen mientras el toro muere desangrado tras el prolongado vacile y su apuesta de todo al rojo. Algo parecido me ocurrió a mí.
Ventas y aquel balcón durante el confinamiento, la falta de aire, el poco tacto, literal, y todos los intentos por cuidar lo que ya no estaba y que no sirvieron para nada. Nunca sirve para nada. Aprendí lo cabezota que puedo llegar a ser y lo sola que te puedes sentir entre cuatro paredes estando acompañada.
Y ahora, el metro me lleva hasta Urgel, en el barrio de Carabanchel. ¿Quién me lo iba a decir tras renegar de Lavapiés y siendo ya tan Chamberí?
Resulta que desde Alameda de Osuna hasta casa de Campo hay una vida entera, ¿dónde tocará bajarme en la siguiente? Sólo espero que no sea una estación en curva.
