Empieza el horror. Ya está aquí el mes de agosto y con él las vacaciones de la mayoría de la población activa, lo que trae consigo la llegada a las empresas de carne fresca universitaria que aún está a medio cocinar. Dependiendo de dónde trabajes puede tratarse no sólo de unos cuantos refuerzos de verano sino de auténticas hordas de becarios en respuesta a la estampida de gran parte del personal. Nos quedamos las estoicas como yo, conteniendo los caóticos vaivenes empresariales, por la promesa de unas vacaciones sin saturación turística cualquier otro mes del año.
Así que por la izquierda salen los quemados del trabajo esperando volver en unas semanas igualmente quemados, pero esta vez por el sol. Por la derecha entran los que sostendrán las pensiones de los que salen, con cara desencajada y una sonrisa nerviosa.
Durante el primer día es divertido escuchar las preguntas que hacen, como quien oye a un niño cuando entra en la fase de dudas y curiosidad por el mundo que descubre. Me arrepiento de no haber apuntado algunas de ellas que mi cabeza no es capaz de recordar. Empezamos con las presentaciones y primeras explicaciones esperando vislumbrar algo de sentido común, que es lo que más escasea, en esos ojos más bien opacos.
Todos los que han tenido becarios a su cargo lo saben, ha habido un cambio generacional. Hemos ido de la cultura del esfuerzo directamente a la falta de cultura. Lo primero que hacen no es preguntar qué necesitas o cómo ayudar, sino pedir vacaciones que no han acumulado, días libres, teletrabajar o cambios en el horario. Todo ello además justificado con sus apretadas agendas de estudiante. Porque claro, resulta que les dieron su primera oportunidad laboral cuando ya tenían el verano programado… ¿qué esperabas? Son osados y encima piden todos esos privilegios a personas con hijos, o que además de su trabajo también estudian o que colaboran con otras empresas. Y cometen así su primera metedura de pata, sellar la primera impresión, que es como una mancha de lejía, cuesta mucho borrarla. Es el pecado de aquellos que creen merecer sin haber hecho nada.
Y si la mayoría entraban con ilusión, dos jornadas después ya estaban con el morro torcido y mucha desgana. Están cansados de trabajar al primer paso que dan fuera de la universidad.
Todos se van a su hora. Y eso está bien. Algunos hacen trampas y se van un poco antes como si no nos diéramos cuenta, o llegan un poco tarde cada día. Nosotros lo anotamos mentalmente en nuestras expectativas sobre ellos y los tachamos de la lista de personas con las que contar. Supongo que ya no se llevan los refranes y estas nuevas generaciones no conocen aquel que dice lo de que “más sabe el diablo por viejo que por diablo”.
Otros creen que no vemos que se toman muchos descansos, que cambian la pestaña del navegador cuando pasamos, que no te escuchan cuando les hablas, que te dicen que sí pero ves en sus ojos escrito en mayúsculas, negrita y subrayado un claro NO. Y preguntas para asegurarte, por un lado, y para darles la oportunidad de redimirse, por otro. ¿Seguro? Sí .. y otra vez esos ojos de NO. Y luego lo demuestran.
Admito que no suelo tener mucha paciencia. Me aburre la falta de predisposición y en general, si estamos codo a codo, cualquiera que no le apasione lo que hace o, en este caso, lo que podría llegar a hacer si supiera. Así que sé que soy parte del problema, pero no me reconozco en ellos, ni rememorando la empanada mental que tenía al salir de la universidad. Sus pájaros en la cabeza no son de la misma raza que los míos.
La mayoría de becarios que entran estudian periodismo, así que la realidad es que me conformo con que escriban sin faltas de ortografía y que las frases tengan sentido. No es mucho pedir, ¿no? Tres o cuatro años de inversión en conocimiento, sin contar con todos los años de colegio e instituto, y eso es todo lo que se les pide. En eso ya se descarta a la mayoría.
Durante estos días de verano, con la llegada de los becarios, el calor y la apatía, intento hacerme el regalo de preparar ensaladilla rusa los domingos. Es mi forma de alegrarme la jornada de los lunes, con sólo pensar en ese tupper que me espera fresco en la nevera, mientras los becarios pierden el tiempo haciendo que trabajan o, peor aún, que aprenden.
