Cuando mi tía, rozando la jubilación, fue a una despedida de soltera de una sobrina política, no podía entender nada… “y le hacían pruebas, y le hacían bromas pesadas”, me decía… para mi tía era como un bullying permitido en algún limbo legal. Y no andaba muy desorientada a decir verdad.
En sus tiempos, que no fueron hace tanto, a la novia se la llevaba a cenar. Algunas atrevidas iban a un boys, el summun del estilo y el buen gusto sin duda. Pero era eso, una comida, una cena, un ratito gozando de la compañía etílica y desvergonzada de la sección femenina de las personas que estimas.
Ahora, sin embargo, las despedidas exigen presupuesto, transporte y pedir incluso días libres en el trabajo. Se hace cómplice al novio que, para horror de la novia y de él mismo, tiene que ocuparse de hacerle la maleta para el viaje sorpresa. Algunos conozco que olvidaron meter hasta la ropa interior. Una forma moderna de que la despedida te cueste la boda.
Y en estos viajes todo pago, tal y como decía mi tía sorprendida, se hacen auténticas yincanas de la vergüenza ajena, obligando a la novia a las más variopintas pruebas para el disfrute exlusivo de las amigas. A veces cuesta distinguir si hacen todo eso porque te quieren o porque te llevan odiando toda la vida y ha llegado la hora de la venganza.
Y los disfraces sin sentido, que tienen a Amazon y Party Fiesta frotándose las manos. Como si se tratara de un uniforme, puedes distinguir grupos de despedida de soltera en tu ciudad gracias a que van encabezados por una novia disfrazada. Esto facilita la labor de cambiarse de acera si te las cruzas y no quieres verte colaborando en algún cántico tribal de los 90 (calculando que es la generación que anda prometiéndose últimamente). O para que grupos de hombres muy motivados y que no entienden de qué va la cosa se lancen al camelo de esas hordas de mujeres que esperan susceptibles al mismo. Son como moscas revoloteando alrededor de una mierda.
Al menos muchas han renunciado a llevar penes en la cabeza. ¡Demos gracias! Los ecologistas pueden verlo como un logro, tanto plástico desperdiciado que no puedes usar en la intimidad ni por aquello de la R de Reutiliza por no cumplir ni en medida ni en cuestiones de salubridad para tu vagina. Penes en diademas, penes en pajitas, disfraces de penes, penes everywhere.
Otro factor esencial en una despedida es emborrachar a la novia. Las artífices se convierten entonces en aquel viejo de la barra de la discoteca que te invitaba a las copas. Beber por beber, que nunca fue un mal plan si estás entre amigas.
Y entre la bebida y los disfraces, al final hacemos lo mismo que haríamos unos carnavales cualquiera, sólo que en otra ciudad.
Las despedidas de soltero ya son otra cosa. Para mi gusto es lo mismo que una escapada con amigos sin mayor recorrido que la carretera del coma etílico. De las que he escuchado, poco tienen que ver con el novio, más allá de pagarle los vuelos y alguna vejación pública, muchas veces con algún striptease poco deseable.
Pero algo tienen en común todas las despedidas de soltera, al menos a las que yo he ido, y es que siempre hay un halo de eso precisamente, de despedida. Despedida de una etapa que mucho tiene que ver con la juventud. Despedida tras el reencuentro con las personas que quieres y que con los años cada vez es más difícil juntar. Despedida de todo lo que probablemente te ‘perderás’, agradeciendo perderlo de vista cuando salgas por ahí y te asalten las migajas del Tinder más bizarro, que es el Tinder en sí mismo. Despedida en fin, de la soltería de la que en realidad hace años que no gozabas a nivel práctico, de la persona que eres cuando estás rodeada de tus amigas y de todos los abrazos etílicos que quedarán por darte en la boda.
