La verdad es que me ayudó a salir de allí, así que cómo no iba a resignarme a todo lo que era, si lo que conocía sin él era un precipicio. Cómo no iba a disculpar su egoísmo, su falta de madurez, sus incongruencias. Cómo no quedarme donde estaba a salvo pensando que era lo que me hacía feliz.
Cuando la realidad fue obvia y ya no podía negarla todo acabó al fin. Me dejó el corazón como el hueso de una nectarina. Tiré por el suelo las ganas de llorar. Ya no cabían en los ojos que aguantaban inertes el tirón. Viendo todo lo que vieron, todo lo que habían registrado estas pupilas, se olvidaron del llanto y me salió por los pies. Se desparramó inundando el piso, así que tuve que salir de allí al lugar que conocía tan bien, donde el agua salada sólo está en el mar.
Aquella casa cambió de dueño, de olor, de luz. Ahora es sólo unos cuantos balcones que asoman en un callejón de Chamberí por el que paseo de vez en cuando mientras siento que todo lo vivido valió la pena. No por él, claro, ni por aquel otro, ni por el primero. Por mí, por mis caminos que siempre me dirigen al lugar adecuado. Vete a saber por qué.
Recuerdo que era algo que cuando era más joven le decía a mi madre. Mamá, yo tengo la sensación de que todo va a salir bien para mí. Y mi madre asentía, qué iba a hacer, pese a ser conocedora de todo lo que había fuera de los cuatro muros de nuestra casa. Callaba y asentía. Como yo ahora cuando paso por aquel piso de Chamberí, con sus cinco balcones en los que sólo cabía un pie de la talla 37.
Aquella luz de esas mañanas de domingo, ese último año en que viví peligrosamente consciente. Aquel reflejo en el cuarto de baño y aquellos libros que leí, son parte de todo lo que me empuja y me sostiene hoy, a 2000 km de allí.
