Todas las mañanas desde hace unos meses desayuno un café y un par de cigarros. Una patada sutil a la dieta mediterránea y una nueva manita de pintura negra a mis pulmones. Los fines de semana leo las columnas de opinión, en busca de algo alejado de la política y el corazón, que a estas alturas son un poco la misma cosa. Nada me interesa menos que los nanosegundos en el metaverso y perlas similares, por mucha literatura que se pueda sacar de ahí. A veces encuentro cosas que merecen la pena, a veces espero un desenlace que me haga vibrar. A veces, las más, no encuentro gran cosa.
A la rutina de café, cigarros y periódicos de los domingos, se me añade mi estantería. En ella rebusco entre los libros algo que releer. Me gusta subrayarlos. Me gusta cuando me prestan un libro y está lleno de líneas irregulares, es una de las formas más bonitas de conocer a alguien. Ya es bastante personal cuando te prestan un libro, pero si encima está remarcado y, digo más, con anotaciones, se convierte en una experiencia más íntima que el sexo.
Mi ex pareja odiaba esto. Odiaba muchas cosas de mí, en realidad, aunque no me di cuenta hasta el final. Y yo odio tener un vacío de 7 años sin subrayar a cuenta suya. Si lo pienso un poco, ahora me parece que no había nada que subrayar entre él y yo. Compartíamos libros, los comprábamos en común, lo que hizo que la mudanza fuera mucho más dolorosa. De él podía alejarme, pero de todo lo que sentí con esas horas de lectura, definitivamente no.
Cuando miro mi estantería la siento breve, teniendo en cuenta el esplendor de los años pasados. Ambos éramos adictos a las librerías. Era imposible que pasáramos por una sin entrar, y, muchas veces, para pesar de mi mermada economía, sin llevarnos alguno. A veces pienso, que si nos tenemos que encontrar, será en una de ellas.
Pues bien, volviendo a los domingos, siempre selecciono algunos libros que ya he leído y que sé que están subrayados, hago un montoncito en la mesa del salón, y empiezo a releer todos esos destacados, tratando de volver a sentir lo que sentí cuando los marqué. Son como los amigos que no ves desde hace tiempo, los de verdad, que da igual el tiempo que pase, siempre son casa.
Los fines de semana me sorprenden muchas veces estando sola. Me sorprendo disfrutando, de mí, conmigo, vestida de cualquier manera, con un moño enmarañado en la cabeza, con algunas hebras de tabaco en la mesa del salón, el café frío y sin duchar. Me sorprendo feliz, plena y sin planes, con esos rayos de sol que se cuelan por los balcones sea la estación que sea. Con frío, del que revitaliza.
Recuerdo cuando trabajaba de noche, en los bares, y siempre me perdía el desayuno. Cómo lo eché de menos. Y ahora, bendigo el tiempo que tengo y que pierdo, en estas mañanas de domingo, tirada en el sofá. Sigo sin desayunar, pero nada me alimenta más que esa rutina de café, cigarros y libros.
