Tengo un amigo reciente que hice por los mundos de Twitter. Al no tener Instagram ni costumbre de compartir retazos de mi vida por ninguna red social, fue todo un acontecimiento para mí.
Con el tiempo y las charlas diarias, el incipiente cariño y deseo, al menos por mi parte, acabó tornando en algo similar a una amistad. Nada quedaron de aquellas fotos ni los mensajes a deshoras subidos de tono. Ahora le acompaño en los paseos que me va retransmitiendo por WhatsApp, me pasa sus artículos antes de publicarlos, hablamos de los libros que leemos y comparte sus ansiedades más que reconocidas. Creo que ha decidido apoyar un poco la cabeza en nuestras conversaciones a falta de la presencia de mi hombro. Creo que le consuela o al menos, le distrae, y eso me hace sentir bien.
A veces, a menudo, me cuenta sus pequeñas crisis, con un trabajo que no llega, el recuerdo de alguna ex pareja, su salud, el tono de su nueva novela. A veces hablamos de irnos al norte, aunque a mí me meta como parte de una ecuación comprometida, y seguramente porque el sueño de un futuro en Asturias acompañado es un poco más dulce.
Esas nuevas y viejas tristezas que me cuenta me frustran por no poder consolarlo en las distancias cortas. Así que en ocasiones opto por cambiar de tema tras un intento de soltar la primera frase de consuelo por chat que no me consolaría de recibirla, por lo que a él tampoco.
El otro día, se me ocurrió hablarle de dos palabras. Porque son así de simples nuestras charlas, amanecemos y nos contamos alguna cosa que se nos pasa por la cabeza. Empecé con una que me recordaba a mi madre, ‘tarosada’, que era la que usaba para hablar del rocío de la noche, pero de una forma que se me antoja aún más poética y original. La otra, ‘culantrillo’. Casi la escribí en nuestro chat para poder retenerla, porque siempre parece que se me escapa de la cabeza desde que me pongo a pensar en otra cosa. Se trata de una planta que crece en las destiladeras, una especie de pilas de piedra que están instaladas en las casas canarias tan antiguas como la mía. Este helecho sirve para limpiar el agua que se filtra a través de la piedra y ayuda a convertirla en potable. Pues bien, mientras le contaba qué era me di cuenta que lo que él necesitaba era exactamente eso, un culantrillo y así se lo dije en una ocurrencia que me pareció bastante genial. Algo que le destilara de su negativa cabeza obcecada en todo lo que no logra alcanzar. Alguien que le filtre la mirada y se la aclare. Sin bacterias malas. Alguien, incluso que le endulce. Yo no seré esa persona, pero puedo poner palabras que lo definan, que creo que es más de lo que hace la mayoría por él.
Seguí rumiando la palabra en mi cabeza durante el día. Cada vez que pasaba por la destiladera de mi solana la nombraba. Culantrillo. Es una buena metáfora y además, autóctona. Yo también necesito algo así aunque no me pregunte. Una persona culantrillo. Sin embargo, creo que de forma más habitual me convierto en esa planta pegada a la piedra que ayuda a limpiar y sanar. Un paso previo al resto de la vida de los que se filtran por allí, un lugar por el que se avanza y se continúa, pero nunca se queda. Y me dio alegría, y me dio pena. Sabemos reconocer a este tipo de personas y las guardamos como un tesoro hasta que podemos desecharlas.
Cuando mi abuela murió se secó el culantrillo y desapareció. Ahora intento que vuelva a crecer, anhelo esa masa verde que decoraba la pila y que era la base de todos los potajes que se sirvieron en esta casa. Los cafés de la mañana con gofio, el caldo de los ranchos. Habrá que intentar recuperar lo que fue, mi culantrillo, para una destiladera que hace aguas estos días.
